Las dos principales fuerzas políticas de la entidad (PRD y PRI) han demostrado, desde la cabeza hasta los pies, que no son merecedoras de la confianza popular, hecha realidad en las urnas a través del voto, porque se encuentran inmersas en desatinos provocados por la ambición del poder de muchos de sus personajes y no por defender los intereses del pueblo, al que pretenden representar a partir del próximo año, como diputados o alcaldes.
De entrada, en el PRD hay diputados locales, alcaldes y secretarios de despacho que desde ahora hacen proselitismo con el fin de obtener la unción como precandidatos a legisladores locales y presidentes municipales, sobre todo en el municipio de Acapulco, sin importarles violar las normas electorales, lo cual antes criticaban con fuerza a los priístas.
En el PRI, a pesar de que dejaron de ser la primera fuerza política, sus diputados no han sido la oposición que, se supone, deberían de representar y se dejan llevar por el canto de las sirenas al pretender ser alcaldes de algunos municipios, pero con el apoyo del gobernador de otro partido.
Algunos presidentes municipales priístas tampoco han dejado de esconder sus pretensiones de ser diputados locales, aunque por el trabajo que han realizado en sus municipios, lo mismo que sus similares del PRD, es posible que no puedan tener la oportunidad de llegar a la Cámara local.
En casi todos los municipios, perredistas y priístas han desatado sus ansias por continuar pegados a la ubre presupuestal, sin antes revisar las fortalezas y debilidades que poseen en la actualidad como servidores públicos, si han cumplido con sus promesas de campaña o han resuelto problemas en sus respectivos municipios o distritos electorales locales que aún representan.
A eso agregamos que las dirigencias estatales han evidenciado que tienen enormes diferencias con sus correligionarios de partido, pues un día se pelean con unos y al día siguiente con otros, también por ambiciones personales más que por los principios políticos o de ética partidista.
No se puede hablar del PAN porque ni sus líderes o su militancia tienen la presencia suficiente, ante la falta de trabajo político, en municipios o distritos electorales locales, que les pueda garantizar siquiera ganar una alcaldía, y las que obtuvieron se debe a que de otros partidos llegaron los candidatos y fueron aceptados, con la fuerza electoral que iba tras ellos.
De manera pública, lo que es peor, dirimen sus diferencias los líderes del PRD y del PRI, que han llegado hasta el insulto, más que a la crítica sana o a las propuestas con el fin de fortalecer a sus respectivas organizaciones.
Esa actitud ha originado que la ciudadanía, la que decide con su voto, cada vez más desconfíe de los partidos políticos y sus candidatos, quienes únicamente ven por sus intereses personales o de grupo, más que por velar por el pueblo, y esto puede traer graves repercusiones para los candidatos.
De entrada, en el PRD hay diputados locales, alcaldes y secretarios de despacho que desde ahora hacen proselitismo con el fin de obtener la unción como precandidatos a legisladores locales y presidentes municipales, sobre todo en el municipio de Acapulco, sin importarles violar las normas electorales, lo cual antes criticaban con fuerza a los priístas.
En el PRI, a pesar de que dejaron de ser la primera fuerza política, sus diputados no han sido la oposición que, se supone, deberían de representar y se dejan llevar por el canto de las sirenas al pretender ser alcaldes de algunos municipios, pero con el apoyo del gobernador de otro partido.
Algunos presidentes municipales priístas tampoco han dejado de esconder sus pretensiones de ser diputados locales, aunque por el trabajo que han realizado en sus municipios, lo mismo que sus similares del PRD, es posible que no puedan tener la oportunidad de llegar a la Cámara local.
En casi todos los municipios, perredistas y priístas han desatado sus ansias por continuar pegados a la ubre presupuestal, sin antes revisar las fortalezas y debilidades que poseen en la actualidad como servidores públicos, si han cumplido con sus promesas de campaña o han resuelto problemas en sus respectivos municipios o distritos electorales locales que aún representan.
A eso agregamos que las dirigencias estatales han evidenciado que tienen enormes diferencias con sus correligionarios de partido, pues un día se pelean con unos y al día siguiente con otros, también por ambiciones personales más que por los principios políticos o de ética partidista.
No se puede hablar del PAN porque ni sus líderes o su militancia tienen la presencia suficiente, ante la falta de trabajo político, en municipios o distritos electorales locales, que les pueda garantizar siquiera ganar una alcaldía, y las que obtuvieron se debe a que de otros partidos llegaron los candidatos y fueron aceptados, con la fuerza electoral que iba tras ellos.
De manera pública, lo que es peor, dirimen sus diferencias los líderes del PRD y del PRI, que han llegado hasta el insulto, más que a la crítica sana o a las propuestas con el fin de fortalecer a sus respectivas organizaciones.
Esa actitud ha originado que la ciudadanía, la que decide con su voto, cada vez más desconfíe de los partidos políticos y sus candidatos, quienes únicamente ven por sus intereses personales o de grupo, más que por velar por el pueblo, y esto puede traer graves repercusiones para los candidatos.
EDITORIAL
DESPERTAR DE LA COSTA

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